En los albores de la Reducción Misional, los padres jesuitas comprendieron que la fe no debía anular la alegría, sino encauzarla. Fue así como nació en la Cuna de la Cruceñidad una tradición que sobrevive mas de tres siglos: el permiso para el regocijo antes del silencio de la Cuaresma. En San José, la religiosidad nunca fue un espectador de la fiesta; fue, y sigue siendo, su centro y su juez.
Este «tiempo de licencia», instaurado para que el pueblo nativo celebrara bajo el amparo de la Iglesia, se materializa hoy en el Recibimiento de las Banderas del Jubileo. No hay juego sin venia. Es un pacto místico donde la alegría se vive con la conciencia de que, al final del camino, las cuentas deben ser rendidas ante el Cura Párroco y el Cabildo Indigenal en el atrio de piedra del Conjunto Misional.
El Ritual del «Cola e’ Peji»: La Purga antes de la Ceniza
Mientras la modernidad envuelve las calles con música y neón, en el corazón del pueblo late el ritual más profundo de la Chiquitanía: la devolución de las banderas. Quien se excedió en el festejo o faltó a la sobriedad del rito, se somete voluntariamente al «Cola e’ Peji».
Tres chicotazos en el lomo, con el simbau de correas de cuero de vaca, marcan el fin de las fechorías. Es el castigo físico que libera el alma; una purificación necesaria para que el josesano cruce el umbral de la Cuaresma con el lomo marcado pero la conciencia limpia. Esta simbiosis entre el castigo y el perdón es lo que hoy atrae a miles de turistas, fascinados por una fe que no se ha dejado diluir por el tiempo.
El Motor de la Hospitalidad: Una Economía en Movimiento
Este flujo de fe y curiosidad turística activa una maquinaria económica vital para San José. La ocupación hotelera llega a su límite, pero el verdadero pulso se siente en la calle:
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Transporte y Logística: El incesante rugir de los mototaxis y taxis conecta los barrios con la plaza principal, convirtiéndose en el ingreso principal de cientos de familias durante la festividad.
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Gastronomía de Acera: La matización estética de la fiesta se completa con los aromas que emanan de las esquinas. Desde las vibanderas que ofrecen el locro reparador, hasta las anticucheras y empanaderas que, sentadas en las aceras, mantienen viva la economía popular. Cada empanada vendida a un comparsero es un eslabón en la cadena de sustento de la mujer josesana.
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Comercio Local: Las organizaciones internas de las comparsas, con su consumo de bebidas, comida y vestimenta, generan un movimiento de capital que beneficia desde el gran distribuidor hasta el pequeño artesano.
Dos Mundos en un Solo Canchón
El Carnaval de San José es, en definitiva, un espejo de su historia. Por un lado, la juventud que baila y juega con agua, adaptando la fiesta a los nuevos tiempos; por el otro, los Nativos Chiquitanos que preservan los rituales de mas de 300 años. Ambos conviven en un equilibrio perfecto, demostrando que en la Chiquitanía, la modernidad no ha podido borrar la huella de los jesuitas: esa que dicta que para ser verdaderamente libres en la alegría, primero hay que ser fieles a la tradición.
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