El valioso testimonio del fallecido historiador Elio Buenaventura Montenegro Banegas, recogido de una entrevista que data del año 1994, realizada por un medio de comunicación nacional y rescatado recientemente por el periodista Limber Cambará de Radio El Cacique, arroja luz sobre las arraigadas tradiciones jesuíticas que marcaron la vida religiosa y cultural de las Misiones de Chiquitos durante el siglo XX.
Montenegro relató que el Choboreca —personaje o cofradía originaria de la provincia Velasco— estuvo presente en las actividades de la provincia Chiquitos y fue representado incluso con una efigie propia. “Estuvo, representado inclusive hasta con efigie”, afirmó, destacando que actores de la época, muchos de ellos monaguillos, guardaban recuerdos directos de esas participaciones entre 1931 y 1935.
Según la tradición local transmitida en el testimonio, Choboreca es una palabra con aumentativo en lengua chiquitana. Se descompone en Choborés (que significa “diablo”) y el sufijo -ca (aumentativo), por lo que equivale a “Gran Diablo”, “Poderoso Diablo” o “reunión de espíritus malignos”, también interpretado como “Diablango”.
Las Misiones Jesuíticas de Chiquitos, fundadas entre 1691 y 1760 por la Compañía de Jesús, constituyeron un modelo único de evangelización en América del Sur. Los jesuitas crearon reducciones donde los indígenas chiquitanos, bajo tutela espiritual y material, fusionaron la fe católica con tradiciones locales mediante una rica pedagogía sensorial: música barroca americana, teatro religioso, esculturas policromadas y representaciones dramáticas de la historia sagrada.
La Iglesia de San José de Chiquitos —la única construida en piedra entre las misiones y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO— albergaba en los años 1930 una extraordinaria colección de efigies de Cristo, la Virgen Santísima, santos y personajes bíblicos. Estas imágenes servían como herramientas didácticas para ilustrar la fe mediante representaciones vivas y teatralizadas.
“La vida religiosa de la historia sagrada se representaba tanto con efigies como con representaciones hasta teatralizadas de la pasión y muerte de Cristo”, explicó Montenegro. En Semana Santa, muchas misiones recreaban un “Monte Calvario” adaptado al paisaje chiquitano: un pequeño monte de selva donde se escenificaba la crucifixión, integrando elementos locales a la narrativa bíblica. Esta fusión de lo universal católico con lo propio indígena fue clave en el éxito evangelizador jesuítico.
Entre las figuras simbólicas destacaba el diablo como personificación del mal. En San José existía una efigie del maligno —posiblemente vinculada a representaciones del Choboreca— que, según el testimonio, fue quemada por orden del padre Lamberto hacia 1930-1935. “Aún están vivos los que eran sus monaguillos que fueron los autores de la quemazón del diablo”, precisó Montenegro en 1994.
Esta tradición de representaciones dramáticas y uso de imágenes se enmarca en el legado más amplio de las misiones: iglesias de estilo barroco mestizo con columnas salomónicas talladas en madera, altares dorados, púlpitos con motivos locales y una extraordinaria tradición musical que perdura hasta hoy. Los jesuitas enseñaron a los indígenas a construir instrumentos, cantar y tocar música renacentista y barroca europea, creando un repertorio propio que sigue vivo en festivales y celebraciones litúrgicas.
Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, las comunidades chiquitanas mantuvieron y adaptaron estas prácticas, preservando un patrimonio vivo que combina fe, arte y cultura indígena.
El rescate de este testimonio de Elio Montenegro, gracias al trabajo periodístico de Limber Cambará, refuerza la importancia de preservar no solo las iglesias de piedra y madera declaradas por la UNESCO, sino también el rico patrimonio inmaterial de las Misiones Jesuíticas de Chiquitos. Historias como la del Choboreca, las efigies catequéticas y la quema simbólica del diablo siguen vivas en la memoria de sus habitantes, recordándonos que estas misiones no son solo monumentos del pasado, sino pueblos vivos donde la herencia jesuítica —música, teatro religioso, sincretismo cultural y elementos de la cosmovisión chiquitana— continúa moldeando la identidad chiquitana en el siglo XXI.
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