Con el retorno de las banderas del Jubileo al altar del Templo Misional y el estruendo de las bandas en la plaza principal, San José de Chiquitos puso fin a tres días de celebración. La jornada de martes de Carnaval reafirmó el contraste cultural del pueblo: mientras los nativos cumplían con ritos centenarios de fe, las comparsas despedían la fiesta con la energía característica de la modernidad josesana.
En un cierre que amalgama la fe profunda con el rito ancestral, el pueblo josesano concluyó sus festejos de Carnaval con la tradicional «guasqueada». Tras tres días de júbilo, los nativos y el pueblo en general entregaron su cuerpo y espíritu a la purificación, preparándose para ingresar a la Cuaresma con el alma y el cuero «libres de pecado».
Purificación a golpe de tradición
El Martes de Carnaval no fue solo de baile; fue de redención. En un acto cargado de simbolismo, se procedió a la tradicional guasqueada con el «cola e’ peji» (azote de cuero trenzado). El rito comenzó con un gesto de humildad máxima: el Cacique General fue el primero en ofrecer el lomo para recibir su «arrobita» de azotes de manos del cura párroco, dando el ejemplo a la comunidad.
Cientos de devotos se sumaron voluntariamente a esta práctica, ofreciendo su espalda al chicotazo no solo como penitencia por los excesos cometidos («por pecadores»), sino como un requisito espiritual para entrar en la Cuaresma purificados.
El contraste de la identidad josesana
Mientras este rito de fe se desarrollaba, los Nativos Chiquitanos (Ramanucas y Piococaxh) cumplían con la devolución de las banderas del Jubileo a la Iglesia. La blancura de estas banderas, sumada al sonido del pífano y la percusión, certificó un carnaval de alegría sin desbordes.
Fieles a su reputación de puntualidad y devoción, los Nativos Chiquitanos marcaron el fin del desenfreno. El acto central y más simbólico fue la devolución de las banderas del Jubileo a la Iglesia. Estas insignias, mantenidas «blancas y puras» durante los festejos, fueron entregadas como señal de que la celebración se llevó a cabo con respeto y sin excesos, cumpliendo así con el mandato de sus ancestros.
Por su parte, la modernidad tuvo su espacio en la acera oeste de la Plaza Principal. La comparsa Posoocas, instalada en la casa de la Profesora Negrita Menacho, despidió la fiesta con una emotiva celebración, marcando el fin de la algarabía de las agrupaciones carnavaleras.
Un pueblo de 300 años de fe
Con el cierre de este martes, San José de Chiquitos silencia las cajas y bombos para dar paso al recogimiento. La fe y la tradición, mantenidas vivas por más de 300 años, guían ahora al pueblo hacia los días de reflexión cuaresmal, habiendo cumplido con el mandato de sus ancestros y la Iglesia.

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